viernes, 21 de julio de 2017

LA FUTURA EXTIRPACION DE LAS HEREJIAS - VENERABLE HOLZHAUSER



DE LA FUTURA EXTIRPACION DE LAS HEREJIAS

Capítulo XIV Versículo 14.-20.

Vers. 14. Y miré, y he aquí una nube blanca: y sobre la nube sentado uno semejante al Hijo del Hombre, que tenía en su cabeza una corona de oro, y en su mano una hoz aguda.

La descripción de la mies y de la vendimia de que se trata en este capítulo, contiene una especie de enigma difícil y oscuro, bajo el cual se describe la futura extirpación de las herejías y de la secta de las naciones o del imperio turco, cuya extirpación tendrá lugar bajo el Monarca poderoso, y el Pontífice santo. Porque Dios consolará todavía una vez a su Iglesia antes que llegue la noche tenebrosa del reino del Anticristo. He aquí pues la interpretación del enigma. El Gran Monarca de quien se habló más de una vez, es aquel que vio San Juan sentado sobre una nube blanca, porque su reinado, designado por la voz sentado, será un reinado santo y estable, apoyado en la protección de Dios omnipotente. Este Monarca es llamado semejante al Hijo, del hombre, a causa de sus grandes virtudes con las cuales imitará a su Salvador Jesucristo. Porque será humilde, manso, amante de la verdad y de la justicia, poderoso por sus ejércitos, prudente, sabio, y celoso de la gloria de Dios. En cierta suerte realizará esta profecía de Isaías sobre Jesucristo, c. XI. v. 2: «Y reposará sobre el él espíritu del Señor: espíritu de sabiduría, y de entendimiento, espíritu de consejo, y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y le llenará el espíritu del temor del Señor: no juzgará según vista de ojos, ni seguirá por oída de orejas: sino que juzgará a los pobres con justicia, y reprenderá con equidad en defensa de los mansos de la tierra: y herirá a la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y la justicia será cíngulo de sus lomos: y la fe ceñidor de sus riñones: Habitará el lobo con el cordero: y el leopardo se echará con el cabrito: el becerro, y el león y la oveja andarán juntos, y un niño pequeño los conducirá. El becerro, y el oso serán apacentados juntos: y sus crías juntamente descansarán: el león comerá paja con el buey. Y el niño de teta se divertirá sobre la cueva del áspid: y el detestado meterá la mano en la caverna del basilisco. No dañarán, ni matarán en todo mi santo monte: porque la tierra está llena de la ciencia del Señor, así como las aguas del mar que la cubren. En aquel día la raíz de Jessé esta puesta por bandera de los pueblos, le invocarán a él las naciones y será glorioso su sepulcro. Y será en aquel día: Extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo, que quedará de los Asirios, y de Egipto, y de Phetros, y de Ethiopia, y de Elám, y de Sennaar, y de Emáth, y de las islas del mar. Y alzará bandera a las naciones, y congregará los fugitivos de Israel, y recogerá los dispersos de Judá de las cuatro partes de la tierra. Y será quitada la emulación de Ephraim, y perecerán los enemigos de Judá, y Judá no peleará contra Ephraim. Y volarán a los hombros de los Philisteos por mar, saquearán juntos a los hijos del Oriente: La ldumea y Moab la primera conquista de sus manos, y los hijos de Amóm les obedecerán. Y desolará el Señor la lengua del mar de Egipto, y levantará su mano sobre el rió con la fortaleza de su espíritu: y lo herirá en sus siete canales, de suerte que pasarán por él calzados. Y habrá camino para el resto de mi pueblo que escapará de los Asirios: así como lo hubo para Israel en aquel día, que salieron de tierra de Egipto. Lo que acaba de decirse de Jesucristo, en esa profecía, puede aplicarse, en cierta suerte y por similitud, al monarca poderoso de quien San Juan dice será semejante al Hijo del hombre, que tenía en su cabeza una corona de oro. Es decir que será un gran Monarca, rico y poderoso, y el dominador de los dominadores. Vencerá a los reyes de las naciones, y estará lleno de caridad de Dios. Léase lo que de él se dijo, c. III, en la sexta edad de la Iglesia, Y en su mano una hoz aguda. La hoz que el gran Monarca tendrá en su mano, es su grande y fuerte ejército, con el cual atravesará los reinos de las naciones, las repúblicas y fortalezas que atravesará de parte a parte (transfodiet). Se dice que la hoz es aguda, porque no dará combate, sin que resulte la victoria para sus ejércitos, o grandes pérdidas y suma mortandad para el enemigo. Cuéntase de Jonatás y de Saúl, en el antiguo Testamento, II. Reg., c. 4. v. 22. que, «nunca volvió la flecha de Jonatás sin grosura de fuertes, ni la espada de Saúl se retiró jamás en vano.» Así será perfectamente el ejército de ese grande y poderoso Monarca(1). Se dice que tiene la hoz en su mano, porque sin aviso suyo nada emprenderá su ejército, y él mismo es el que lo dirigirá con sus consejos, como se refiere del gran Alejandro. También se dice que tiene la hoz en su mano, porque su ejército obedecerá con puntualidad, le será adicto y lo amará de tal modo, que él lo manejará como un bastón, y obrará con él cosas grandes, prodigiosas y admirables.

II. Y salió otro ángel del templo, clamando en voz alta al que estaba sentado sobre la nube: Echa tu hoz, y siega: porque es venida la hora de segar, por estar ya seca la mies de la tierra. Esta voz es la de alguno que estimula con vehemencia a la guerra y a la siega de la cizaña de los herejes y Turcos. Este ángel que saldrá del templo y clamará así, es el sumo y santo Pontífice de quien se habló, suscitado por Dios en esos días. Y el Pontífice llevado por divina inspiración, exhortará y empeñará al Monarca a que emprenda esa guerra sagrada. Echa tu hoz, le dirá, esto es, tu ejército poderoso, y siega, esto es, corta, arranca y desarraiga a los herejes y a los bárbaros, porque es venida la hora de segar, por estar ya seca la mies de la tierra. Este lenguaje lo tendrá el Pontífice por revelación, y con esas palabras es como excitará los corazones de los príncipes, y los empeñará a unirse para emprender esta guerra. Dios dispondrá los corazones de los soldados, de manera a que accedan de espíritu y de ánimo a la empresa de su poderoso Monarca. Por estar ya seca la mies, es decir, llegó el momento de cortar la cizaña para echarla al fuego. Es una metáfora que significa el aniquilamiento y la ruina de las herejías y de la barbarie.

Vers. 16. Y el que estaba sentado sobre la nube, echó su hoz sobre la tierra, y la tierra fue segada. Todas estas palabras expresan el feliz suceso obtenido según las expresiones del Santo Pontífice. Y la tierra fue segada, porque el gran Monarca exterminará, o someterá a su poderío las naciones de los turcos y las de los herejes, y ocupará sus tierras.

Vers. 17. Y salió otro ángel del templo, que hay en el cielo, que tenía también una hoz aguda. Esta hoz es otro ejército que los Estados de la Iglesia y sus aliados estrecha y fuertemente unidos reunirán en auxilio del gran Monarca. Por este motivo se dice, que él otro ángel salió del templo, esto es, de los Estados de la Iglesia de quienes el templo es figura, que hay en el cielo, esto es en la Iglesia militante representada y significada por la voz cielo. Aquel de quien se dice: Y salió otro ángel del templo, será el gran general en jefe constituido o designado por el santo Pontífice de quien se habló, para mandar al ejército fuerte empleado a la ruina y aniquilamiento de la potencia de los turcos y de los herejes.

Vers. 18. Y salió del altar otro ángel que tenía poder sobre el fuego: y clamó en voz alta a aquel que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la viña de la tierra: porque maduras están las uvas de ella. Se trata aquí todavía de otra voz que exhorta con ardiente celo a obrar; combatir con denuedo, para alcanzar la victoria sobre los enemigos de la iglesia que tanto la habían oprimido, Porque la bestia, que es el imperio turco, debe antes ocupar la Italia, y extenderse considerablemente por todas partes. Estrechará de tan cerca la cristiandad, que esta, reducida a la última necesidad, tentará también los supremos esfuerzos, y obtendrá inmenso suceso. Hará pedazos la silla o reino de la bestia, esto es, el imperio turco, y relegará al infierno la perfidia de los herejes. Por esto San Juan designa dos especies de enemigos, a quienes distingue con las voces mies y vendimia. La primera palabra significa las naciones de los turcos, y la segunda designa a los herejes. Porque por garbas de paja, se entiende las naciones bárbaras, y por racimos de uvas silvestres, se entiende los herejes que se vanaglorian de ser cristianos. De estos últimos es de quienes se habla por alegoría en el Evangelio, Joa., c. XV, V. 1-7: «Yo soy la verdadera vid: y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que no diere fruto en mí lo quitará: y todo aquel que diere fruto, lo limpiará, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la Palabra, que os he hablado. Estad en mí: y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede de sí mismo llevar fruto, si no estuviere en la vid, así ni vosotros, si no estuvieseis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que está en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto: porqué sin mí no podéis hacer nada. El que no estuviere en mí será echado fuera; así como el sarmiento, y se secará, y lo cogerán, y lo meterán en el fuego, y arderá,» Grande y difícil metáfora son las palabras siega y vendimia de que se habla en el Apocalipsis. Porque Dios siempre ha dado a las naciones terrenas grandes reinos, mientras que a su pueblo escogido lo tuvo en estrechos límites, coartados y desfavorables, a manera de una tierra guarnecida como con una cerca de espinas: En ese estado es como ahora se encuentra la Iglesia, viña del Dios de los ejércitos. De consiguiente por mies, o más bien por garbas secas de paja, o de cizaña, se entiende las naciones terrenas, y por las uvas que crecen en lo silvestre de la viña, Iglesia de Cristo, son literalmente designados los herejes. Porque Jesucristo es la viña; y en su viña que es la Iglesia, crecen dos especies de uvas, las uvas buenas, esto es, los verdaderos cristianos, y las silvestres, es decir, los herejes de otra manera representados por sarmientos secos.

Vers. 19. Y metió el ángel su hoz aguda en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó la vendimia en el grande lago de la ira de Dios. Estas palabras insisten de nuevo sobre la prosperidad de la Iglesia, y sobre la certidumbre y evidencia del testimonio que San Juan da, de que en su debido tiempo han de acontecer esas cosas, para consuelo de la santa Iglesia romana, Porque habló el Señor, y su palabra se ha de ejecutar sin falta. Y echó la vendimia en el grande lago de la ira de Dios. Este grande lago de la ira de Dios, es el lagar o grande cuba donde la divina justicia ejercerá sus venganzas sobre los herejes y sobre las naciones bárbaras. En este grande lago siempre el Señor arrojó ora a los unos, ora a los otros, para consuelo del pueblo de Israel y de la Iglesia de Cristo, para que no digan las naciones: ¿Dónde está su Dios etc.? Las Escrituras hablan de esa ira o venganza de Dios, Psal., LXXVII. v. 65: «Y despertóse el Señor como quien duerme, como un valiente después de haber bebido mucho vino. E hirió a sus enemigos en la parte posterior: afrenta sempiterna les dio.» El grande lago será la exterminación y ruina de las naciones bárbaras y heréticas; y el Monarca poderoso es quien, por el permiso y cooperación de la justicia, venganza y cólera del Todopoderoso, los precipitará allí. Porque Dios es la causa principal, y los hombres son como instrumentos de su omnipotente brazo.

Vers. 20. Y fue hollado el lago fuera de la ciudad, y salió sangre del lago hasta les frenos de los caballos por mil seiscientos estadios. Estas palabras significan grandísima efusión de sangre, que Dios, en su ira e indignación, hará verter a sus enemigos por medio de los ejércitos cristianos. Y fue hollado el lago fuera de la ciudad. Es decir, que Dios hará gravitar los efectos dé su cólera sobre esas naciones, fuera de la ciudad santa, y de la palestina, la que ha sido reservada a las naciones, hasta tanto que llegue el hijo de perdición. Y salió sangre del lago hasta el freno de los caballos. Esta es una expresión hiperbólica, y significa un derramamiento de sangre tan copioso, que los caballos casi nadarán en la sangre de los muertos y de los heridos. Porque cuándo los caballos nadan están en el agua sumergidos hasta las narices. Por mil y seiscientos estadios. Esta es todavía una hipérbole que representa la inmensa carnicería que los cristianos harán en sus enemigos.

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(1) N. d T. f, El venerable holzhauser se sirve aquí de la voz rey, pero nada puede inferirse sobre el título de este Monarca, supuesto que casi siempre se sirve de esa palabra, aun para con los emperadores, como por ejemplo para con los de la Turquía a quienes también llama reyes, y al imperio de, ellos reino. Se habrá más arriba notado, que se ha dicho del gran Monarca que será hijo de un rey, y la gloria de su casa real. En suma, esta última voz real se ha de tomar en general por soberana. Nos hemos valido de la palabra monarca, porque es el título que el autor le da ordinariamente y aun en el caso presente; y añade el título de monarca al de rey: Se habrá por otra parte notado que a la ocasión del último concilio cuyos decretos hará ejecutar ese Monarca el autor habla de edictos imperiales.


INTERPRETACIÓN DEL APOCALIPSIS
Venerable Bartolomé Holzhauser.
Paginas 453 a la 460.

Traducido al Español por el
Reverendo Padre Fray Ramón de Lérida,
Capuchino Misionero Apostólico.

Imprimátur
Fr. Damiano de Vareggio Vist. Apost. I Comis. Gen. Cap.
Serena, 6 Mayo 1860.

Imprimase
El Obispo de la Serena (Chile)

Imprenta de la Serena.- Convento de San Agustín N.º 36.
Año 1860.

miércoles, 19 de julio de 2017

FOTO DEL PADRE CARDOZO CON LOS FIELES DE BARBACENA / MG - BRASIL


El P. Cardozo con los fieles después de la Misa en la Capilla de la Policía de Barbacena / MG, Brasil.

martes, 18 de julio de 2017

UN EJEMPLO DE RESISTENCIA CATOLICA: LA PRINCESA ELVIRA PALLAVICINI


Se cumplen cuarenta años de un hecho histórico: la conferencia pronunciada el 6 de junio de 1977 por monseñor Marcel Lefebvre en el palacio Pallavicini, en Roma, sobre el tema La Iglesia después del Concilio. Considero provechoso evocar aquel acto, a partir de algunos apuntes que conservo del mencionado documento. Monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (1970), tras las ordenaciones sacerdotales del 29 de junio de 1976 había sido suspendido a divinis el 22 de julio del mismo año. Los católicos informados albergaban no obstante serias dudas en cuanto a la legitimidad canónica de dicha medida, y sobre todo, no se comprendía la actitud de Pablo VI, que al parecer quería reservar sus censuras para quien quería seguir fiel a la Tradición de la Iglesia. En abril de 1977, en este clima de desorientación, la princesa Elvina Pallavicini (1914-2004) decidió invitar a monseñor Lefebvre a su palacio del Quirinal para escuchar sus razones.

La princesa Pallavicini tenía 63 años y desde 1940 era viuda del príncipe Guglielmo Pallavicini de Bernis, caído en su primera misión bélica. Llevaba muchos años postrada en una silla de ruedas a causa de una parálisis progresiva, pero era una mujer de temperamento indomable. En torno a ella se congregaba un reducido grupo de amigos y consejeros, entre ellos el marqués Roberto Malvezzi Campeggi (1907-1979), coronel de la Guardia Noble pontificia cuando ésta fue disuelta en 1970, y el marqués Luigi Coda Nunziante de San Ferdinando (1930-2015), ex comandante de la marina militar italiana. La noticia de la conferencia, difundida en el mes de mayo, no suscitó al principio preocupación en el Vaticano. Pablo VI consideró que sería fácil convencer a la princesa para que desistiese de su idea, y encomendó la misión a un estrecho colaborador suyo, el P. Sergio Pignedoli (1910-1980), al cual había creado cardenal en 1973. El purpurado telefoneó a la princesa y habló con tono afectuoso, preguntando antes que nada de su enfermedad. «Me agrada –señaló Elvina Pallavicini con ironía– su interés después de tanto tiempo de silencio.» Al cabo de casi una hora de formalidades, el cardenal hizo por fin la pregunta: «He sabido que va a recibir a monseñor Lefebvre. ¿La conferencia será pública o privada?». «En mi casa no puede ser sino privada» –repuso la princesa. El cardenal se aventuró a sugerir: «¿No cree que sería oportuno posponerla? Monseñor Lefebvre ha hecho sufrir mucho al Santo Padre, que está muy dolorido por esta iniciativa…». La respuesta de doña Elvina dejó helado al cardenal Pignedoli. «Eminencia, creo que en mi casa puedo recibir a quien me plazca».

Ante esta inesperada resistencia, el Vaticano se dirigió al príncipe Aspreno Colonna (1916-1987), que todavía desempeñaba, ad personam, el cargo de asistente al solio pontificio. Cuando el cabeza de la histórica familia solicitó una audiencia, la princesa le hizo saber que estaba ocupada. El príncipe Colonna solicitó audiencia para el día siguiente a la misma hora, pero la noble señora respondió de la misma manera. Mientras el príncipe se despedía, la Secretaría de Estado pensó probar otras vías. Solicitó audiencia con la princesa monseñor Andrea Lanza Cordero di Montezemolo, recién consagrado arzobispo y nombrado nuncio en Papúa-Nueva Guinea. El prelado era hijo del coronel Giuseppe Cordero Lanza di Montezemolo (1901-1944), jefe de la Resistencia monárquica en Roma, fusilado por los alemanes en las Fosas Ardeatinas. Durante la ocupación alemana, la joven princesa Elvina había colaborado con él, lo que la hizo acreedora a una medalla de bronce al valor militar. Yo también intervine en el coloquio, pero mi presencia causo mucho fastidio al futuro cardenal, que en vano apeló a la memoria del padre para frustrar la inminente conferencia. Se le recordó al nuncio que precisamente la resistencia de tantos militares al nacionalsocialismo había recordado que a veces es necesario desobedecer las órdenes injustas de los superiores, para respetar los dictados de la propia conciencia.

La Secretaría de Estado jugó entonces su última baza, dirigiéndose a Umberto II, rey de Italia en el exilio, que residía en Cascais. El marqués Falcone Lucifero ministro de la Real Casa, telefoneó a la princesa para comunicarle que el Soberano le rogaba encarecidamente que pospusiera la conferencia. «Me sorprende que Vuestra Majestad se deje intimidar por la Secretaría de Estado después de todo lo que ha hecho el Vaticano contra la monarquía» –repuso con firmeza la princesa, recalcando que la conferencia se celebraría en la fecha fijada. El marqués Lucifero, que era un caballero de los de antes, envió un ramo de rosas a la princesa. Entonces el Vaticano decidió emplear medidas más enérgicas, iniciando en los principales diarios italianos un verdadera campaña de terrorismo psicológico a fin de presentar a la princesa como una aristrócrata tozuda rodeada de unos pocos nostálgicos salidos de un mundo destinado a desaparecer. Se hizo saber en privado a doña Elvina que de llevarse a cabo la conferencia sería excomulgada. El 30 de mayo, mediante un comunicado de la agencia ANSA, la princesa precisó que su iniciativa «no estaba motivada por ninguna intención de desobediencia a las autoridades eclesiásticas, sino por amor y fidelidad a la Santa Iglesia y a su Magisterio». «En la Iglesia conciliar –añadía el comunicado–, existen por desgracia controversias independientemente de la persona de monseñor Lefebvre, y no en menor medida en Italia, aunque sea menos evidente, que en el resto del mundo católico. Con la conferencia del 6 de junio se pretende brindar a monseñor Lefebvre la posibilidad de expresar abiertamente y con plena libertad sus tesis con miras a aportar claridad a los problemas que causan tanta turbación y dolor en el mundo católico, con la certeza de que la paz y la tranquilidad sólo se podrán recuperar una vez recobrada la unidad en la verdad».

El 31 de mayo apareció en la primera plana del diario Il Tempo una declaración del príncipe Aspreno Colonna en la que se leía que «el Patriciado romano se desmarca de la iniciativa», deplorándola como «totalmente inoportuna». El cañonazo fue disparado no obstante el 5 de junio por el cardenal vicario de Roma, Ugo Poletti (1914-1997). Con una violenta declaración publicada en Avvenire, el diario de los obispos italianos. Poletti atacaba a monseñor Lefebvre y a «sus aberrantes secuaces», calificándolos de «exiguos sectores nostálgicos prisioneros de viejas tradiciones». Manifestaba igualmente «estupor, dolor y sentida pero firmísima reprobación por la ofensa cometida contra la Fe, la Iglesia Católica y su divina Cabeza, Jesús», al haber puesto en duda monseñor Lefebvre «verdades fundamentales, en particular con relación a la infalibilidad de la Iglesia católica fundada sobre Pedro y sus sucesores, en materia de doctrina y de moral». El cuartel general de la princesa respondió de inmediato. «No se puede entender que exponer en privado tesis que hasta hace pocos años han sido las de todos los obispos del mundo pueda alterar hasta tal punto la seguridad de una autoridad que cuenta con la fuerza de la continuidad doctrinal y la evidencia de sus posturas». La princesa declaró: «Soy católica apostólica romana más que convencida, porque he comprendido y perfeccionado el verdadero sentido de la religión a través del sufrimiento físico y moral: no debo nada a nadie, no tengo honores ni prebendas que defender, y doy gracias a Dios por todo. Dentro de los límites en los que la Iglesia me lo permite, puedo disentir, puedo hablar, puedo actuar: debo hablar y debo actuar: no hacerlo sería una vileza. Y permítaseme decir que en nuestra familia, incluida esta generación, los viles no tienen cabida». Finalmente llego el fatídico 6 de junio. La asistencia a la conferencia había sido rigurosamente reservada a cuatrocientos invitados, controlados por el servicio de orden facilitado por los jóvenes de Alleanza Cattolica, pero había más de un millar de personas que abarrotaban las escaleras y el jardín del histórico palacio Rospigliosi-Pallavicini, célebre en todo el mundo por sus obras de arte. Monseñor Lefebvre llegó acompañado por su joven representante en Roma, don Emanuele du Chalard. La princesa Pallavicini les salió al encuentro en su silla de ruedas, conducida por su dama de compañía doña Elika del Drago. La princesa Virginia Ruspoli, viuda de Marescotti, uno de los dos príncipes héroes de la batalla de El Alamein, obsequió a monseñor Lefebvre una reliquia de san Pío X que le había entregado personalmente Pío XII. A pesar de que el Gran Priorato de la Orden de Malta en Roma había manifestado «la necesidad ineludible» de abstenerse de asistir a la conferencia, el príncipe Sforza Ruspoli, el conde Fabrizio Sarazani y algunos oltros valerosos aristócratas habían plantado cara a las censuras de la institución y estaban en primera fila, junto a monseñor François Ducaud Bourget (1897-1984), que el 27 de febrero había dirigido en París la ocupación de la iglesia de San Nicolás de Chardonnet.

La princesa Pallavicini presentò a monseñor Lefebvre, que se sentó bajo el baldaquino rojo con el escudo de armas del papa Clemente IX, Rospigliosi. El arzobispo, tras recogerse previamente en oración, dio comienzo a su discurso con estas palabras: «Soy respetuoso con la Santa Sede, soy respetuoso con Roma. Lo soy porque amo a esta Roma católica». La Roma católica que tenía ante sí interrumpía con frecuencia su discurso con atronadores aplausos. La sala estaba llena hasta rebosar, y la multitud se agolpaba en las escaleras del palacio. El Concilio del aggiornamento –explicó monseñor Lefebvre– aspira en realidad a una nueva definición de la Iglesia. Para ser abierta y estar en comunión con todas las religiones, todas las ideologías, todas las culturas, la Iglesia debe cambiar sus excesivamente jerárquicas instituciones y fragmentarse en tantas conferencias episcopales como naciones. Los sacramentos harán hincapié en la iniciación y la vida colectiva más que en alejarse de Satanás y el pecado. El tema central del cambio será el ecumenismo. Desaparecerá la práctica del espíritu misionero. Se enunciará el principio según el cual «todo hombre es cristiano y no lo sabe», y está por tanto en busca de la salvación, sea cual sea la confesión a que pertenezca. Las innovaciones litúrgicas y ecuménicas –prosiguió monseñor Lefebvre en medio del profundo silencio de los presentes– conducen a la desaparición de las vocaciones religiosas y dejan los seminarios desiertos. El principio de la libertad religiosa resulta ultrajante para la Iglesia y para Nuestro Señor Jesucristo, porque no es otra cosa que «el derecho a la profesión pública de una religión falsa sin ser molestado por ninguna autoridad humana».

Monseñor Lefebvre se centró en las concesiones postconciliares al comunismo, recordando las repetidas audiencias a dirigentes comunistas en la Santa Sede; el acuerdo para no condenar comunismo durante el Concilio; el desprecio a los más de 450 obispos que pidieron dicha condena, y el nombramiento de obispos filomarxistas como Hélder Câmara en Brasil, Silva Henríquez en Chile y Méndez Arceo en México. Es innegable, añadió monseñor Lefebvre para concluir, que numerosos dominicos y jesuitas que profesan abiertamente herejías no son condenados, y que obispos que practican la intercomunión, que introducen en sus diócesis e iglesias falsas religiones, y llegan a bendecir el concubinato, ni siquiera son objeto de investigación. Sólo los católicos fieles se arriesgan a ser expulsados de la Iglesia, perseguidos y condenados. «A mí me han suspendido a divinis porque sigo formando sacerdotes como se los formaba antes». Ante un auditorio emocionado con sus palabras, monseñor Lefebvre concluyó su conferencia afirmando: «Hoy en día, la misión más importante del católico es conservar la Fe. No es lícito obedecer a quien se ocupa de disminuirla o hacerla desaparecer. Al bautizarnos pedimos a la Iglesia la Fe porque la Fe nos lleva a la vida eterna. Y seguiremos exigiendo esta fe a la Iglesia hasta último respiro».

El encuentro finalizó con el canto del Salve Regina. El vaticanista Benny Lai comentó en La Nazione el 7 de junio: «Quienes se esperaban a un implacable juez se encontraron ante un hombre de actitud humilde, capaz también de concluir, antes de invitar a los presentes a recitar el Salve Regina, con esta declaración: “No quiero formar ningún grupo ni deseo desobedecer al Papa, pero él tampoco debe pedirme que me haga protestante”». La conferencia fue una victoria estratégica de los impropiamente calificados de tradicionalistas, porque monseñor Marcel Lefebvre consiguió dar a conocer sus tesis a nivel internacional y sin consecuencias canónicas. Pablo VI falleció un año más tarde, conmocionado por la muerte de su amigo Aldo Moro. El nombre del cardenal Poletti continúa vinculado al oscuro asunto de la autorización que concedió el 10 marzo de 1990 para el sepelio en la basílica de San Apolinar del capo de la banda de la Magliana, “Renatino” de Pedis.

La princesa Pallavicini salió airosa del “desafío” . No sólo no fue excomulgada, sino que en los años que siguieron su palacio se convirtió en punto de referencia de numerosos cardenales, obispos e intelectuales católicos. Ni ella ni sus amistades de Roma eran fantasmas de otra época, como los calificó el Corriere della Sera del 7 de junio de 1977, sino testigos de la fe católica que forjaban el futuro. Cuarenta años después, la historia les ha dado la razón.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)


lunes, 17 de julio de 2017

EL 18 DE JULIO O LA REBELION DEL PUEBLO ESPAÑOL CONTRA LA TIRANIA


Franco, aclamado en la plaza de Oriente por cientos de miles de españoles el 1 de octubre de 1975, pocas semanas antes de su muerte.



FNFF (R).- La fecha que mejor identifica la larga y profunda huella histórica de España es la del 18 de Julio de 1936, fecha en la que el pueblo español, en simbiosis perfecta con su historia y comunión de principios con su ejército, se rebela contra la tiranía que pretendía imponer el comunismo en España. Fue una guerra de independencia, donde estaba en juego no solamente la soberanía de la Nación, sino la esencia de lo que España había representado en la defensa de la civilización occidental y cristiana.

De ahí la simbología de la fecha y el deseo permanente de los enemigos de esa civilización y de España de manipular y denigrar fecha, símbolos y personas que hicieron posible tan colosal gesta y legaron el progreso, la unidad y la justicia que disponíamos en 1975, dilapidada por los mismos errores e ideas disgregadoras causantes de nuestra postración como Nación y pobreza como pueblo.

Cuando las mentes pervertidas por el odio, el resentimiento y la envidia igualitaria toman el control de los medios de comunicación, la enseñanza, las instituciones políticas y sindicales e inciden en la economía productiva, esa sociedad se auto condena a la molicie, la pobreza y finalmente al totalitarismo. La libertad que no se basa en el respeto al derecho ajeno y a la opinión contraria; que no se acomoda en la ley justa, orientada al bien común, sino en la arbitrariedad de lo contingente, termina guillotinada en cada hogar, calle, plaza, foro o parlamento donde deba manifestarse.

Asistimos, los síntomas son evidentes, al final de un Sistema basado en la mentira, la manipulación, la mediocridad y el “vale todo”, con tal de que sea bendecido por la reinstaurada partitocracia. El resultado no puede ser mas evidente: Corrupción institucionalizada, pobreza inasumible y desesperación creciente. Y la solución no va a venir de fuera, nunca lo fue y tampoco lo será en estos momentos, por mucho que hayamos relegado nuestra soberanía a una entelequia europea de intereses creados. Europa no va a evitar la consumación del separatismo, ni la perdida de competitividad, ni la calidad de nuestra enseñanza, ni la atonía de la justicia, ni podrá incidir para que suprimamos el “reino de taifas” que representan las autonomías.

Hemos ido, según un diseño perverso iniciado en 1978, hacia la desintegración de España. Se han neutralizado todos los contrafuegos que podrían evitar tal deriva, comenzando por los señalados en la propia Constitución. No podemos imaginar que los distintos gobiernos de la Nación no fueron conscientes de los peligros y, sin embargo, nada hicieron para impedirlo.

Como sabemos lo que nos pasa, cuáles son sus causas y los posibles remedios, somos sistemáticamente vituperados, ignorados o perseguidos con idéntica obstinación y saña con que los inquisidores del siglo XX persiguieron en toda Europa y lo hacen en Cuba a los disidentes que proclaman la libertad y dignidad de la condición humana, en cuanto hijos de Dios y portadores de valores eternos. A diferencia de las reprobaciones y abucheos que reciben los miembros de la Casa Real y los políticos, generalmente de derechas, nosotros, nuestra forma de entender la política, de organizar la sociedad, de estructurar el estado, de concebir los principios sobre los cuales debe vertebrarse España para ser respetada en el conjunto de las naciones y obtener el progreso económico del pueblo, no tenemos ninguna culpa de la situación en la que nos encontramos. Es más, nos hemos opuesto de manera honesta, civilizada y firme a cuanto viene ocurriendo en España desde hace 35 años, señalando lo que iba a ocurrir de persistir en los errores diseñados en la transición, a la muerte de Franco.

Nuestra culpa parece ser histórica o, mas bien, histérica. Un suerte de paranoia colectiva transmitida generacionalmente entre los derrotados en la guerra civil y en la paz, pues el progreso alcanzado por el anterior Régimen y la filosofía política empleada, deja en evidencia sus postulados. Para sus propósitos y con la finalidad de deslegitimar también la herencia recibida, los derrotados de siempre, pues sus ideas utópicas, donde triunfan, han provocado el mayor sufrimiento y pobreza conocido en el mundo, necesitan falsificar la historia, mitificar lo irrelevante, convertir en victimas a los verdugos, trasladar a la actividad política cuestiones ya resueltas hace muchos años como solución mágica de futuro. Y si la superchería histórica no se puede conseguir por la funesta manía de pensar y de investigación de los hechos de algunos historiadores, pues se dicta una Ley que obligue a un relato único de la historia, según la conveniencia de quien gobierna, impuesta de manera absoluta.

¡Bienvenidos al absolutismo democrático!

Con la vileza de retirar de las plazas y calles de España los nombres de quienes defendieron en su tiempo la identidad e independencia de su Patria, en muchos casos, con su propia vida, de remover en los Ayuntamientos, Diputaciones y parlamento los títulos con que aquel pueblo español, padres y abuelos de los actuales, honró a quien les había acaudillado, con éxito, en aquella época de tribulaciones, no se obtiene otro beneficio que el de favorecer a los resentidos, a los ineptos, a los incapaces de otra cosa que no sea la de alancear muertos, que gozaran siempre de buena salud histórica por sus méritos y no por la coyuntura iconoclasta de los incapaces corruptores que lo promueven.

Celebramos que nuestro Caudillo Francisco Franco no figure en semejantes ágoras, donde el despotismo y la corrupción campan a sus anchas, legitimados por el falso plebiscito popular que veremos lo que aguanta sus desvaríos. Ya en un día lejano de 1936 le contestó a Indalecio Prieto: “Sí, ustedes lo tienen todo…menos la razón” y, “no tenga usted duda, donde yo esté, no habrá comunismo”.

De ahí que prefiramos que, donde él esté, no exista nada de lo que él y su generación combatió con tanto esfuerzo y sacrificio. Que donde él esté, aunque sea sólo referencia histórica, no exista la denuncia diaria de corrupción política e institucional; no pueda darse el reino de taifas de las Autonomías; no sea admisible la representación política de los partidos de empleados; no sea permisible la desfiguración del régimen parlamentario al servicio de sus intereses y no del bien común; no se fomente la quiebra del principio de separación de poderes; no se consolide la politizada Administración de Justicia.

En definitiva Franco y nuestros padres y abuelos han sido expulsados de nuestro ánimo colectivo, de la convivencia ordenada y pacifica que nos procuraron, de la verdad histórica objetivable y, así nos va. Es imposible que una sociedad avance sin virtud, sin el conocimiento de los fundamentos de su pasado, que han hecho posible el presente y viable el futuro, como enseñanza de lo que puede o, no debe, hacerse. Seguimos creyendo como el Ingenioso Hidalgo de la Mancha “ladran, luego cabalgamos, amigo Sancho…”.

Fuente: alerta digital

P. CARDOZO - FOTOS DE BAUTIZO Y DE LA SANTA MISA DEL QUINTO DOMINGO DE PASCUA EN BETIM / MG (BRASIL)












  












































sábado, 15 de julio de 2017

MILAGROS EUCARISTICOS - 50


UN TARCISIO EN EL SIGLO XX 
Año 1939, Tschuen-tao-tse (China) 

«Encerradme a ese bribón en el calabozo junto al almacén. Si se os escapa, lo pagarán vuestras cabezas». 

Quien daba esta orden era el general Hou-lou, jefe de un ejército de salteadores. Aquel a quien llamaba bribón era un niño de trece años, León, que estudiaba en el Seminario menor de Tschuen. 

A rastras fue llevado el muchacho a un recinto oscurisimo. A los pocos minutos, le pareció percibir la sombra de alguien que estaba tendido. Oyó unos gemidos. 

¿Quién está ahí?—preguntó. 

¡Un desgraciado! 

¡Dios mio!—exclamó León al reconocer la voz de su hermano.—¡Benito! ¿Eres tú, hermano mio? Y diciendo esto, se echó a llorar. 

Quiso, luego, consolar a su hermano: 

Dios es bueno, Benito, y nos librará de estos malvados. 

No, hermanito, yo no lograré esa libertad. Mis verdugos me han atormentado de un modo espantoso: mira mis manos traspasadas, y los riñones los tengo hechos una llaga de tantos latigazos. Y añadió: 

¡Dios mio!, os ofrezco mis dolores en expiación de mis pecados. 

En el almacén contiguo han penetrado dos bandidos. Unos rayos de luz pasan a través de las tablas mal unidas. 

¡Vaya un botín!— exclama uno de los ladrones, mostrando al otro un pequeño copón de plata. —Lo he cogido—le dice—en la pagoda del bonzo blanco. 

¡Por Buda! ¿Qué son esas pastillas redondas de sustancia blanca? 

León se aproximó a las tablas; miró a través de una rendija y cayó de rodillas. ¡Aquel desventurado tenía en sus manos la Santísima Eucaristía! Los dos hermanos convirtieron el calabozo en lugar de adoración a Jesús Sacramentado. 

Al día siguiente, son presentados ante el general. Hou-lou dirige una mirada feroz a Benito. Luego dice a sus hombre: «Le daréis cuarenta bastonazos, y si persiste en no declarar el escondite de su hermana, cortadle la mano derecha». 

En vano se postró León ante el forajido en favor de su hermano. Se abren otra vez las llagas, brota de nuevo la sangre que salpicó los vestidos de los mismos verdugos. 

Llegados a la prisión, Benito, tendido en la tierra arcillosa, dijo a su hermano: «León, yo me muero... Quiero recibir a mi Dios». 

León se dirige con sigilo al tabique que separa el calabozo del almacén. Quita una tabla, luego otra. Ahí, en el suelo, está el copón. Se arrodilla, lo toma con manos temblorosas... Saca una Forma, y la deposita en la lengua de su hermano. 

Cuando, al atardecer, entró un criado para darles un poco de alimento, encontró a León, sollozando, junto al cadáver de Benito. 

Todos descansan en el cuartel general de Hou-lou. 

León se encomienda a Jesús. Toma del almacén una bolsa de cuero con que cubre el copón y lo suspende del cuello. Abre la puerta y de puntillas llega al muro exterior; calcula: ¡cuatro metros de altura! Ve una viga apoyada en el muro... 

De pronto se oye un silbido estridente. Es la señal de alarma. La viga resbala y se viene al suelo con estrépito. 

¿Qué hacer? Allí mismo hay un tonel vacío En un abrir y cerrar de ojos lo vuelca y se oculta debajo. 

Acuden precipitadamente los soldados: unos montan a caballo y se lanzan a galope tendido por el campo; otros, provistos de antorchas, van de acá para allá buscando por todas partes. Desde su escondite oye León los juramentos y maldiciones. El mismo Hou- lou llega a apoyarse en el tonel lleno de furor. 

Cansado de la inutilidad de sus pesquisas, amenaza a su gente y se retira. 

El patio queda desierto. El jovencito toma una resolución extrema: 

«Ahora, o nunca», se dice. Sale de su escondrijo. Ve dos caballos atados. Corta las riendas de uno, salta sobre la montura y huye. El es buen jinete. «Señor, ayúdame, sálvame», exclama. Sujetó bien el sagrado Tesoro y echó a correr. 

Después de varias horas de carrera sin rumbo fijo, apareció la luna, que hasta entonces había estado oculta por densas nubes, miró a su alrededor y se dio cuenta de un grupo de jinetes que iban en su seguimiento. Apresuró la carrera y llegó a orillas del río Nonni, que estaba helado. 

¿Qué hacer? Los bandidos iban a caer sobre él irremisiblemente. ¿Podría el hielo resistir su peso? 

No hay tiempo para reflexionar: los perseguidores no distan doscientos metros. Baja del caballo, aprieta a Jesús contra su pecho y se lanza al río. Cede el hielo por algunas partes; mas él no se preocupa: avanza con audacia con el pensamiento fijo solamente en librar al Señor de las profanaciones de los bandidos. 

El ruido de los cascos resuena en el hielo. 

«¡Señor, sálvame!», clama, aterrado. 

En aquel momento oye un crujido espantoso, gritos desesperados, maldiciones: ha cedido el hielo... bandidos y caballos son sepultados en las aguas. 

Ganada la orilla, León se vuelve. Sus perseguidores han desaparecido. Ni uno solo ha quedado. Acciones de gracias a Jesús Sacramentado, sentimientos parecidos a los de Moisés y su pueblo después de pasado el mar rojo. 

Apenas amaneció, divisó allá lejos el campanario de una iglesia católica. Al llegar a la puerta, cayó extenuado. Ahí le encontró el misionero. Le entrego el sagrado Depósito, y pudo decirle con débil voz: «Es el buen Jesús». 

El jovencito fue presa de subida fiebre durante varios días. En los accesos de delirio le veían cruzar nerviosamente los brazos sobre el pecho como quien protege algún tesoro. 

Pocas semanas después, León volvía al Seminario menor de Tschuen-tao-tse. 

(De El Siglo de las Misiones, Marzo 1940). 
23. - P.E.
P. Manuel Traval y Roset