jueves, 3 de febrero de 2011

LA LECTURA ESPIRITUAL - SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Tan necesaria, quizá, como la oración es la lectura de libros santos para la vida espiritual. Escribe San Bernardo que “la lectura nos prepara para la oración y para la práctica de las virtudes y luego añade, a modo de conclusión: “La lectura y la oración son las armas con que se vence al demonio y se conquista el cielo”.

No siempre se puede tener a mano al padre espiritual que nos aconseje en nuestras obras y, sobre todo, suministrándonos luces, y enseñándonos el camino para huir de los engaños del demonio y de nuestro amor propio, y para acertar a conocer la voluntad de Dios. Por eso asegura San Atanasio que “no es posible encontrar quien, dedicándose al servicio del Señor, no sea gran amante de la lectura espiritual”.

Se comprende, pues, que todos los santos fundadores hayan recomendado tanto este piadoso ejercicio a sus religiosos. San Benito prescribió que todos hicieran lectura cada día, y que dos monjes se encargaran de recorrer ese tiempo las celdas, para ver si era observado este punto; y caso de encontrar a alguno negligente en su cumplimiento, quería que se le impusiera una penitencia. Y, antes que todos los fundadores, lo había prescrito San Pablo a Timoteo: Aplícate a la lectura. Nótese la palabra que emplea: attende; es decir, que, por muchos que fueran los cuidados que le exigieran sus ovejas –Timoteo era obispo-, quería San Pablo que se dedicara a la lectura de libros santos, no como de pasada y por breve tiempo, sino aplicándose expresamente a ella con detención.

Tan grande es como el provecho que causan los libros bueno, cuanto es grande el daño que causan los libros malos; así como aquéllos han sido con frecuencia causa de la conversión de muchos pecadores, así éstos causan la ruina de muchos jóvenes. El autor de los libros buenos es el espíritu de Dios, así como de los libros malos lo es el espíritu del demonio, que a muchos logra engañar frecuentemente, disimulando el veneno que tales libros encierran.

En primer lugar, así como la lectura de los malos libros según indiqué, llena el alma de sentimientos mundanos y perniciosos, la lectura de los buenos llena el espíritu de pensamientos y deseos santos. ¿Qué pensamientos santos puede cultivar un alma ocupada, en lecturas de libros curiosos y profanos, que hacen germinar en su cabeza ideas mundanas y en el corazón una legión de efectos terrenos? ¿Cómo se va a mantener en la presencia de Dios, y cómo va a hacer actos y afectos piadosos? El molino muele el grano que se le echa; si se le echa mal grano, ¿cómo queremos que de harina buena? Irá, a la oración y a la comunión, y, en vez de estar pensando en Dios y haciendo actos de amor y de confianza, estará profundamente distraído, porque le vendrán en tropel a la memoria todas las vanas ideas de sus lecturas. En cambio, quien tiene la mente bien nutrida de especies devotas, como máximas espirituales, ejemplos de virtud de los santos, se verá acompañado de tales pensamientos, no sólo durante la oración, sino también fuera de ella; por lo cual podrá ser casi continuo su recogimiento en Dios.

San Bernardo lo explica todo esto con una bella comparación, sobre aquel pasaje de San Mateo: Buscad y hallaréis. “Buscad leyendo –explica el santo-, y encontraréis meditando; la lectura pone el alimento en la boca, para masticarlo por la meditación.

En segundo lugar, el alma, embebecida en santos pensamientos por medio de la lectura, estará mejor dispuesta para rechazar las tentaciones internas.

Con ese fin, San Jerónimo se la aconsejaba a su discípula Salvina: “No dejes de las manos los libros divinos, que serán como un escudo donde reboten las flechas de los malos pensamientos”.

En tercer lugar, la lectura nos sirve para ver las manchas del alma, y viéndolas, más fácilmente las podremos quitar. El mismo San jerónimo escribió a Demetriades “que se sirviera de la lectura como de un espejo”; con lo cual quería significar que, así como el espejo nos descubre las manchas del rostro, la lectura de los libros santos nos descubre las manchas de la conciencia. “En ella –nota San Gregorio hablando de la lectura- vemos lo que tenemos de hermoso y lo que tenemos de deforme; por ella apreciamos nuestros progresos”; vemos si hemos adelantado o hemos retrocedido en las vías de Dios.

En cuarto lugar, por la lectura de libros santos recibimos muchas luces, y sentimos las llamadas divinas. Advierte San Jerónimo “que cuando oramos hablamos nosotros a Dios, y cuando leemos es Dios quien nos habla a nosotros”. Y lo mismo enseña San Ambrosio: “Cuando oramos, le hablamos (a Dios); cuando leemos, le oímos”.

No siempre, como antes decía, podremos tener junto a vosotros al padre espiritual ni siempre podremos oír la palabra de santos predicadores, que nos den luces y nos dirijan acertadamente por los caminos de Dios; pero tenemos quien los supla en los buenos libros.

¡Cuántos santos han abandonado el mundo y se han dado a Dios por la lectura de un libro espiritual!

Bien conocido es el ejemplo de San Agustín, que, estando miserablemente aherrojado por sus pasiones y sus vicios, fue iluminado por luz celestial, que le vino por la lectura de una Epístola de San Pablo, salió de las tinieblas y comenzó a caminar hacia la santidad. Lo mismo le aconteció a San Ignacio de Loyola; siendo todavía soldado, para vencer al aburrimiento de las horas que tenía que estar en el lecho, a causa de las heridas, comenzó a leer un libro de vidas santos que de casualidad le vino a las manos; eso bastó para hacerle comenzar a ser santo, convertido en padre y fundador de esa religión de la Compañía de Jesús, que tantos días de gloria ha dado a la Iglesia.

San Juan Colombini leyó por casualidad también, y casi contra su voluntad, un libro devoto, y eso bastó para hacerle dejar el mundo, para elevarle a la santidad y hacerle fundador de una orden religiosa. De dos cortesanos del emperador Teodosio cuenta San Agustín que entraron un día en un monasterio: uno de ellos se puso a curiosear una Vida de San Antonio que encontró en una celda; pero de tal modo le fueron dominando los santos pensamientos que leía, que allí mismo tomó la resolución de dejar el mundo, y luego habló a su compañero con tal fervor, que los dos decidieron dedicarse, en aquel monasterio, al servicio de Dios.

En las Crónicas de los carmelitas descalzos se lee que una señora de Viena se había arreglado una tarde para asistir a un sarao; pero llegado que hubo al salón y viendo que la fiesta se había suspendido, se llenó de rabia, y para distraer el mal humor tomó un libro espiritual que casualmente le vino a las manos; el libro trataba del desprecio del mundo, y tanto la convenció, que dio un adiós al mundo y se hizo carmelita.

Cosa parecida le sucedió a la duquesa de Montalto, en Sicilia, que también, como por descuido, tomó un día las obras de Santa Teresa, comenzó a leerlas, tanto le impresionó su lectura que, una vez obtenido el consentimiento de su marido, se hizo carmelita descalza.

Pero no se crea que los libros devotos ayudaron a los santos solamente al principio de sus conversiones: fueron su ayuda toda la vida, para conservar y aumentar cada día más su perfección.

El glorioso Santo Domingo cogía sus libros de devoción, los estrechaba efusivamente y exclamaba: “Estos son los pechos que me dan leche”.

¿Cómo podían los santos anacoretas pasarse tan largos años en el desierto, lejos de todo comercio humano, sino con la ayuda de la oración y la compañía de libros espirituales? Para el gran siervo de Dios, Tomás de Kempis, no había mayor recreación que estar en un rincón de su celda con un libro que le hablara de Dios. Ya recordé en otro lugar las palabras del venerable Vicente Carafa: “que para él no había en el mundo vida más envidiable que esconderse en una gruta solitaria, con un pedazo de pan y un libro de devoción”. San Felipe Neri dedicaba todos los ratos libres que tenía a leer libros espirituales, y sobre todo Vidas de santos.

-¿Y cuáles son los mejores libros para mí?
Pues os respondo: leed, antes todo, aquellos libros en que vuestra alma encuentra más pasto de devoción y que más fuerza tienen para uniros con Dios. Son preciosas, para ese fin, las obras de San Francisco de Sales, de Santa Teresa de Jesús, del padre Granada, del padre Rodríguez y del padre Nieremberg.

Escoged aquella materias que conozcáis ser más provechosas para vuestra perfección. Leed con preferencia Vidas de santos.

¡Qué hermosa ayuda tenemos en las Vidas de los santos! Los libros ascéticos nos dan instrucciones sobre el modo de practicar las virtudes; pero en las vidas de los santos vemos cómo las han practicado muchos hombres de carne y hueso como nosotros. Aunque otra cosa no hiciera su ejemplo, por lo menos hace humillarnos y confundir la frente con el polvo; viendo lo mucho que han hecho los santos, no tendremos más remedio que avergonzarnos de lo poco que hemos hecho y que hacemos nosotros por Dios.

De sí mismo confesaba San Agustín que “los ejemplos de los siervos de Dios, meditados por él, ponían fuego en su tibieza, y despertaban su pereza y encendían su alma en amor divino”.

De San Francisco de Asís escribía San Buenaventura que “el recuerdo de los santos, como un montón de carbones encendidos, le levantaban un incendio divino en el alma”. Con el fin de sacar el mayor fruto posible de la lectura, conviene, en primer lugar, encomendarse a Dios antes de empezar, pidiéndole que ilumine nuestra mente sobre aquello que vamos a leer. Ya dije antes que el Señor mismo se digna hablarnos por medio de los libros espirituales; de ahí la conveniencia de invocarle al comenzar: Hablad, Señor que vuestro siervo escucha, porque quiere obedeceros en todo lo que le indiquéis ser voluntad vuestra.

En segundo lugar, hay que leer, no para adquirir ciencia o por curiosidad, sino con intención de progresar en el amor de Dios. Leer para adquirir ciencia no es lectura espiritual; es un estudio que nada dice al alma. Pero todavía es peor leer por mera afición, como hacen algunos que se dan a devorar libros, sin otros fin que terminarlos pronto y dar pastor a su curiosidad. ¿Qué provecho pueden esperar de tales lecturas? Todo el tiempo empleado en ellas es tiempo perdido. Bien advertía San Gregorio: “Hay muchos que leen y se quedan en ayunas”, como si nada hubieran leído, porque ha leído por pura curiosidad, y de eso reprendió el santo al médico Teodoro, porque, al leer las Sagradas Escrituras, lo hacían tan atropelladamente, que no podía sacar ninguna utilidad.

Para sacar provecho de los libros espirituales hay que leerlos pausadamente y con reflexión; “alimenta tu alma –aconseja Cesáreo- con los libros divinos”. Pues si el alimento ha de aprovechar, no basta tragarlo, hay que someterlo a la masticación; he ahí la tercera condición para sacar abundante fruto de la lectura espiritual: hay que masticar o considerar despacio lo que se lee, haciendo las oportunas aplicaciones del santo a sí mismo. Y cuando se llega a un pasaje que impresiona más –indica San Efrén-, que se vuelva a leer.

Además, cuando en la lectura se recibe alguna luz especial, por alguna máxima o algún acto de virtud allí referido, y se siente que aquello penetra el corazón conviene cerrar el libro, levantar el espíritu a Dios y tomar alguna resolución, o hacer algún acto fervoroso a una súplica ardiente a Dios: “Que la lectura deje paso a la oración”, apunta San Bernardo. Será muy buena cosa retirarse entonces a orar, mientras se sienta la influencia de aquel vivo sentimiento que nos conmovió imitemos a la abeja, que no se posa en la segunda flor mientras no ha chupado toda las sustancia de la primera; no importa que se pase así todo el tiempo destinado a la lectura, porque, de ordinario, suele ser para mayor provecho del espíritu; bien puede suceder que la lectura de un versículo deje más fruto que si se hubiera leído una página entera.

Conviene, antes de acabar la lectura, escoger de entre lo leído algún piadoso pensamiento para llevarlo consigo, como llevamos una flor al salir de un jardín donde nos hemos recreado unas horas con sus delicias.

Del libro: PRACTICA DE AMOR A JESUCRISTO,
de San Alfonso Mª de Ligorio